Misteri d'Elx

Guía de la representación

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Primer acto o "Vespra"

Acabadas las solemnes Vísperas de la Asunción de la Virgen, cantadas sobre el mismo escenario de la Festa o Misterio de Elche por el clero de la Basílica de Santa María, se inicia el primer acto de la representación sacra ilicitana, el cual es conocido genéricamente con el nombre de Vespra, y se diferencia así del segundo llamado Festa.

A las seis de la tarde sale el cortejo que desde la cercana ermita de San Sebastián conduce a los cantores del drama hasta la iglesia parroquial. Encabezan este cortejo el Rector de Santa María y los Electos y Portaestandarte. Éstos visten de chaqué y los dos primeros portan unas varas doradas como señal de autoridad. Tras ellos continúan los personajes de la obra seguidos por miembros del Patronato del Misterio, organismo encargado de la organización y custodia del drama asuncionista. La breve marcha hasta la Basílica la abre la Banda Municipal de Música que interpreta un pasodoble compuesto por el maestro Alfredo Javaloyes, músico ilicitano, titulado El Abanico.

La escenificación comienza cuando aparece la Virgen y sus acompañantes en la puerta principal del templo. La Madre de Cristo se halla representada por un niño de corta edad vestido con una túnica blanca y un manto azul. Sobre su cabeza porta una diadema dorada. Su pequeño cortejo está compuesto por María Salomé y María Jacobe que visten de manera similar a la Virgen y llevan escritos sus nombres en sus correspondientes diademas. También forman parte del acompañamiento dos ángeles de almohada -así llamados por llevar en sus manos sendos cojines de terciopelo rojo- y cuatro ángeles de manto. Todos estos personajes también son representados por niños, ya que el origen litúrgico del teatro religioso medieval no permite la participación femenina.

En cuanto los pequeños cantores entran por la puerta de la iglesia, suena el órgano de la misma. Tanto la Virgen María, la María como es conocida en Elche, como su cortejo queda muy cerca de dicha puerta, al inicio del andador, corredor en forma de plano inclinado que conduce desde este lugar hasta el escenario o cadafal construido entre el crucero y el presbiterio. Mientras tanto, el Rector y los Electos y Portaestandarte suben por el citado andador y ocupan sus sitiales instalados en dos ensanches de este corredor, justamente al lado de la puerta del tablado. El niño que representa a la Madre de Dios, mirando hacia el altar mayor de la iglesia, canta a sus compañeras pidiéndoles ayuda en día tan importante para ella:

Germanes mies, jo voldria
fer certa petició aquest dia:
prec-vos no em vullau deixar
puix tant me mostrau amar.

Hermanas mías, yo querría
hacer cierta petición este día:
ruégoos que no me querais dejar
pues tanto me mostrais amar.

Los miembros del cortejo mariano le responden con otro canto en el que manifiestan su absoluta fidelidad:

Verge i Mare de Déu,
on Vós voldreu anar
vos irem a acompanyar.

Virgen y Madre de Dios,
donde Vos querais andar
os iremos a acompañar.

La María avanza unos pasos y, arrodillada sobre las dos almohadas rojas que portan los ángeles que la acompañan, expresa sus deseos de reunirse con su Hijo:

Ai, trista vida corporal!
Oh, món cruel, tan desigual!
Trista de mi! Jo que faré?
Lo meu car Fill, quan lo veuré?

¡Ay, triste vida corporal!
¡Oh, mundo cruel, tan desigual!
¡Triste de mí! ¿Yo qué haré?
Mi caro Hijo, ¿cuándo lo veré?

María, siempre rodeada de su cortejo, comienza el ascenso a través del andador. En su camino se detiene en tres ocasiones. En cada una de ellas se arrodilla sobre las dos almohadas y vuelta hacia unos pequeños grupos escultóricos colocados sobre los pilares de la nave del templo, realiza una especie de Vía Crucis rememorando la Pasión de Cristo.

El primero de estos pequeños altares representa el Huerto del Getsemaní y delante del mismo entona la Virgen:

Oh, Sant Verger Getsemaní
on fonc pres lo Senyor aquí!
En tu finà tracte cruel
contra el Senyor d'Israel (1).

¡Oh, Santo Vergel Getsemaní
donde fue preso el Señor aquí!
En ti finó trato cruel
contra el Señor de Israel.

(1) Este canto y los dos siguientes se suprimen en los Ensayos Generales, aunque se mantienen los movimientos escénicos.

Unos pasos más adelante se detiene frente a la representación del Monte Calvario:

Oh, Arbre Sant digne d'honor,
car sobre tots ets lo millor!
En tu volgué sang escampar
Aquell qui lo món volgué salvar.

¡Oh, Árbol Santo, digno de honor,
pues sobre todos eres el mejor!
En ti quiso sangre derramar
Aquél que el mundo quiso salvar.

Finalmente se arrodilla junto al Santo Sepulcro y canta:

Oh, Sant Sepulcre virtuós,
en dignitat molt valerós,
puix en tu estigué i reposà
Aquell qui cel e món crea.

Oh, Santo Sepulcro virtuoso,
en dignidad muy valeroso,
pues en ti estuvo y reposó
Aquél que cielo y mundo creó.

Acabados estos cantos, el cortejo continúa su ascenso hacia el cadafal. Éste, de forma cuadrangular y cubierto con una gruesa alfombra con los mismos colores que la del andador, está rodeado por una pequeña barandilla de barrotes salomónicos. Sobre esta baranda lucen doce cirios que iluminan la escena. A la izquierda, podemos contemplar un lecho cubierto de velos blancos. A la derecha, ocho asientos destinados a los personajes del cortejo mariano.

La Virgen se arrodilla sobre el lecho descrito -de cara a la puerta mayor del templo- y las dos Marías y los ángeles de almohada y manto se sitúan de pie a su alrededor. Desde este lugar vuelve a manifestar la Madre de Jesús su deseo incontenible de hallarse en compañía de su Hijo:

Gran desig m'ha vengut al cor
del meu car Fill ple d'amor
tan gran que no ho podria dir
on, per remei, desig morir.

Gran deseo me ha venido al corazón
de mi querido Hijo lleno de amor,
tan grande que no lo podría decir
y, por remedio, deseo morir.

Acabada la petición cantada de María, se abren las puertas del cielo que, para la Festa, se simula en la cúpula de la iglesia. Este cielo está formado por una lona pintada con nubes y ángeles y tapa completamente el anillo toral de la citada cúpula. Solamente una abertura cuadrada, que coincide con el centro del cadafal, puede abrirse y cerrarse mediante unas puertas corredizas, les portes del cel. Por el hueco que dejan estas puertas comienza a descender un aparato conocido como núvol o "granada", que realiza su aparición -suspendido de una fuerte maroma- en forma de esfera. Es de color granate y su exterior se halla adornado con dibujos geométricos y apliques dorados. De su extremo inferior pende una cola de oro.

Una vez traspasada la puerta del cielo y mediante unos tirantes de cuerda, la granada comienza a abrirse en ocho alas o gajos. En su interior, totalmente recubierto de oropel, se descubre un niño que, vestido con túnica y con alas de plumas en su espalda, figura ser un ángel. En sus manos porta una palma dorada. Esta apertura del cielo y salida del artefacto aéreo es realzada con música del órgano, volteo de campanas y disparo de cohetes. Cuando el núvol ha bajado algunos metros, concluyen las citadas muestras de alegría y el ángel, después de dejar caer un pañuelo lleno de oropel cortado en fragmentos con los que se figura una finísima lluvia de oro, inicia su canto. Con el mismo saluda a María y le anuncia que Cristo ha oído sus súplicas y accede a sus deseos:

Déu vos salve Verge imperial,
Mare del Rei celestial,
jo us port saluts e salvament
del vostre Fill omnipotent.

Dios os salve Virgen imperial,
Madre del Rey celestial,
yo os traigo saludos y salvación
de vuestro Hijo omnipotente.

Lo vostre Fill qui tant amau
e ab gran goig lo desitjau,
Ell vos espera ab gran amor
per ensalçar-vos en honor.

Vuestro Hijo, que tanto amais
y con gran gozo deseais,
Él os espera con gran amor
para ensalzaros con honor.

E diu que al terç jorn, sens dubtar,
Ell ab sí us vol apel·lar
alt en lo Regne Celestial
per Regina angelical.

Y dice que al tercer día, sin dudar,
Él consigo os quiere nombrar
alto en el Reino Celestial
como Reina angelical.

E mana'm que us la portàs
aquesta palma i us la donás,
que us la façau davant portar
quan vos porten a soterrar (2).

Y me manda que os trajese
esta palma y os la diese,
que os la hagais delante llevar
cuando os lleven a enterrar.

(2) En las representaciones actuales solamente son interpretados los primeros versos de este canto.

En cuanto la granada llega al cadafal, los componentes del cortejo de la Virgen se apresuran a acercarse al aparato y desatar las ligaduras que aseguran al pequeño cantor en su bajada. Una vez liberado, el ángel se acerca al lecho de María y, arrodillado ante ella, le entrega la simbólica palma después de tocarla con los labios y la frente. La Madre de Dios, con el mismo ceremonial, toma el singular obsequio y expresa al mensajero de Cristo un nuevo deseo, que los apóstoles se encuentren presentes en el momento de su muerte:

Angel plaent e lluminós,
si gracia trob jo davant vós,
un do vos vull demanar,
prec-vos no me'l vullau negar.

Angel grato y luminoso,
si gracia hallo ante vos,
un don os quiero demandar
ruégoos que no me lo querais negar.

Ab mon ser, si possible és,
ans de la mia fi jo veés,
los Apòstols ací justar
per lo meu cos assoterrar (3).

Conmigo, si posible fuese,
antes de mi fin yo viese
los Apóstoles aquí juntar
para mi cuerpo enterrar.

(3) Este canto se suprime en los Ensayos Generales, aunque se mantienen los movimientos escénicos.

Oída la petición, el ángel sube de nuevo en la granada donde, después de ser atado otra vez con una fuerte correa para evitar cualquier accidente, inicia el ascenso hacia el cielo mientras manifiesta la confirmación de los deseos de la Virgen:

Los Apostols ací seran
i tots ab brevetat vindran,
car Déu qui és omnipotent
los portarà sobtosament.

Los Apóstoles aquí estarán
y todos en breve vendrán
pues Dios que es omnipotente
los traerá súbitamente.

I, puix, Verge ho demanau,
lo etern Déu diu que li plau
que sien ací sens dilació
per vostra consolació. (4)

Y, pues, Virgen lo demandais,
el eterno Dios dice que le placerá
que estén aquí sin dilación
para vuestra consolación.

(4) En las representaciones actuales, solamente son interpretados los primeros versos de este canto.

Al llegar la granada a las puertas del cielo, se abren éstas con las mismas muestras de alegría que en la primera ocasión. Y una vez cerradas las alas del núvol, comenzará éste a penetrar por las citadas puertas.

En el cadafal, cuando la granada se halla a pocos metros del cielo, los ángeles del cortejo de la Virgen, así como María Salomé y María Jacobe, saludan a la Madre de Cristo realizando una genuflexión ante ella y pasan después a los asientos preparados en la parte opuesta del escenario. También se levantarán de sus sitiales los dos Electos, los cuales salen por el andador a la calle. Esta acción, que actualmente tiene únicamente un valor simbólico, nos recuerda la época en que estos Electos eran encargados de organizar la Festa por encargo del Consejo municipal de la ciudad. Además, dirigidos por el rector de la iglesia, que actuaba como maestro de ceremonias, salían en busca de los diferentes cantores que, preparados en la cercana ermita de San Sebastián, necesitaban ser introducidos en escena en el momento adecuado. Estos Electos también realizaban, por tanto, la función de verdaderos traspuntes teatrales.

Momentos después de haberse cerrado el cielo tras la granada, volverán a ocupar sus sillones los citados Electos que simulan, de esta manera, haber ido hasta la capilla de San Sebastián para indicar al cantor que interpreta el papel del apóstol San Juan que ha llegado la hora de su intervención. Aparece, pues, el citado apóstol al pie del andador. Viste una túnica de color blanco como símbolo de su pureza. En su mano izquierda porta un viejo libro de pergamino que simboliza su propio Evangelio. A medida que asciende por el corredor central, va realizando gestos de extrañeza ante la incomprensible fuerza que le impulsa a recorrer tal camino. Hacia la mitad del andador, cuando descubre a la Virgen Maria arrodillada sobre su lecho, San Juan camina más deprisa y saluda a su Madre con un abrazo. También su canto manifiesta la alegría ante tan inesperado encuentro:

Saluts, honor e salvament
sia a Vós, Mare excel.lent
e lo Senyor, qui és del tro,
vos done consolació.

Saludos, honor y salvación
sean con Vos, Madre excelente
y el Señor, que es del trueno,
os conceda consuelo.

María indica al discípulo amado de Jesús cuanto le dijo el ángel de la granada, esto es, la proximidad de su muerte. Además, al acabar su canto, entrega a San Juan la palma dorada bajada desde el cielo:

Ai fill Joan e amic meu
conforte-us lo ver Fill de Déu
car lo meu cor és molt plaent
del vostre bon adveniment (5).

Ay Juan, hijo y amigo mío,
conforteos el verdadero Dios Hijo
pues mi corazón está muy contento
de vuestro buen advenimiento.

Ai fill Joan, si a vós plau,
aquesta palma vós prengau
e la'm façau davant portar
quan me porten a soterrar.

Ay hijo Juan, si vos gustais,
esta palma vos tomad
y hacedla delante llevar
cuando me lleven a enterrar.

(5) Este canto se suprime en los Ensayos Generales.

San Juan recibe el obsequio de María. Como sucedió en presencia del ángel, también en esta ocasión el paso de la palma -siguiendo un ritual de gran sabor oriental-, se realiza después de ser besada y tocada con la frente. El discípulo predilecto entona entonces, como ensimismado, un canto triste y lleno de sentimiento:

Ai, trista vida corporal!
Oh, món cruel, tan desigual!
Oh, trist de mi! on iré?
Oh, llas, mesquí! Jo que faré?

¡Ay, triste vida corporal!
¡Oh, mundo cruel tan desigual!
¡Oh, triste de mí! ¿y dónde iré?
¡Oh, laso, mezquino! ¿Yo qué haré?

Acercándose de nuevo a María exclama:

Oh, Verge Reina imperial!
Mare del Rei celestial!
Com nos deixau ab gran dolor,
sens ningun cap ne regidor?

¡Oh, Virgen, Reina imperial!
¡Madre del Rey celestial!
¿Cómo nos dejais con gran dolor,
sin ningún jefe ni regidor?

Seguidamente, se traslada San Juan hasta la entrada del escenario y mirando hacia la puerta mayor de la iglesia llama a sus compañeros en el apostolado:

Oh, Apòstols e germans meus!
Veniu, plorem ab tristes veus,
car hui perdem tot nostre bé,
lo clar govern de nostra fe.

¡Oh, Apóstoles y hermanos míos!
Venid, lloremos con tristes voces,
pues hoy perdemos todo nuestro bien,
el claro gobierno de nuestra fe.

Vuelve San Juan a cantar a la Virgen, expresándole una vez más su tristeza y su desconcierto:

Sens Vós, Senyora, que farem?
E ab qui ens aconsolarem?
D'ulls e de cor devem plorar
mentres viurem e sospirar.

Sin Vos, Señora, ¿qué haremos?
¿y con quién nos consolaremos?
Con ojos y corazón debemos llorar
mientras vivamos, y suspirar.

Mientras San Juan dedica a María este último canto, comienza a subir por el andador el apóstol San Pedro. En sus manos porta, como representación simbólica, unas grandes llaves doradas en recuerdo de aquellas que Cristo le dio de las puertas del cielo. Hay que indicar que este personaje -como otros dos más que señalaremos en su momento- ha de ser representado forzosamente por un sacerdote dado su carácter sagrado.

San Pedro, efectuando los mismos gestos de sorpresa que vimos en San Juan, sube poco a poco por el corredor. Una vez ante el lecho de la Virgen, la saluda poniéndole las manos sobre sus hombros, y posteriormente, abraza al discípulo amado. Dirigiéndose a María canta con voz profunda:

Verge humil, flor d'honor,
Mare del nostre Redemptor.
Saluts, honor e salvament
vos done Déu omnipotent.

Virgen humilde, flor de honor,
Madre de nuestro Redentor.
Saludos, honor y salvación
os dé el omnipotente Dios.

Al tiempo que resuenan las notas de este canto, suben por el andador seis apóstoles que simulan extrañeza. Tras entrar en el cadafal, se aproximan al lecho de la Virgen y la saludan besándole las manos y haciendo una genuflexión ante ella. También saludan a San Pedro y a San Juan con abrazos de amistad. Es preciso señalar que uno de esos seis apóstoles es el Mestre de Capella o director musical del Misterio que, caracterizado como un personaje más, podrá dirigir los cánticos corales de manera discreta y sin que el público note su presencia.

En el andador y en el mismo momento, empieza otra escena de la Festa, la conocida con el nombre de el Ternari. Al inicio del corredor inclinado coinciden tres apóstoles. Cada uno de ellos entra por una de las tres últimas puertas de la iglesia, esto es: la puerta Mayor, la de San Agatángelo y la de la Resurrección (erróneamente llamada de San Juan). Uno de los apóstoles es San Jaime que viste hábito de peregrino: túnica, capa adornada con conchas, sombrero a la espalda y báculo con la calabaza para el agua. Esta entrada simultánea por tres accesos diferentes simboliza el encuentro de los discípulos en un cruce de tres caminos. Los apóstoles se saludan entre sí y, asombrados ante el hecho de verse reunidos, cantan:

Oh, poder de l' Alt Imperi,
Senyor de tots los creats!
Cert és aquest gran misteri
ser ací tots ajustats.

¡Oh, poder del Alto Imperio,
Señor de todos los creados!
Cierto es este gran misterio
ser aquí todos juntados.

De les parts d'ací estranyes
som venguts molt prestament,
passant viles i muntanyes
en menys temps d'un moment.

De las partes de aquí extrañas
hemos venido prestamente,
pasando villas y montañas
en menos tiempo de un momento.

Avanzan unos pasos y cantan de nuevo:

Ab gran goig, sens improperi,
som ací en breu portats.
Cert és aquest gran misteri
ser ací tots ajustats.

Con gran gozo, sin improperio,
somos aquí con brevedad transportados.
Cierto es este gran misterio
ser aquí todos juntados.

De les parts d'ací estranyes
som venguts molt prestament,
passant viles i muntanyes
en menys temps d'un moment.

De las partes de aquí extrañas
hemos venido prestamente,
pasando villas y montañas
en menos tiempo de un momento.

Una vez concluido el canto, los tres apóstoles se dirigen hacia el cadafal. Entran en el mismo y, como los discípulos que les precedieron, saludan a María, a San Pedro y a San Juan. De esta manera se reúnen los apóstoles, tal y cómo manifestó el ángel del núvol, alrededor del lecho de la Virgen. Únicamente existe una salvedad, Santo Tomás que no aparecerá hasta el final del segundo acto. Los apóstoles entonan todos juntos un singular canto que aparece escrito en valenciano y en latín. Se trata de una Salve dedicada a la Virgen. Dicha Salve es iniciada por los apóstoles arrodillados. Después del primer verso, se ponen en pie y, a partir de ese instante, van realizando inclinaciones profundas por grupos de voces -tenores, barítonos y bajos- a medida que se desarrolla el canto:

Salve Regina, princesa,
Mater Regis angelorum,
advocata peccatorum,
consolatrix afflictorum.

Salve Reina, princesa,
Madre Reina de los ángeles,
abogada de los pecadores,
consuelo de los afligidos.

L'omnipotent Déu, Fill vostre,
per nostra consolació,
fa la tal congregació,
en lo sant conspecte vostre.

El omnipotente Dios, Hijo vuestro,
para nuestra consolación,
hace la tal congregación,
en vuestra santa presencia.

Vós, molt pura e defesa,
reatus patrum nostrorum,
advocata peccatorum,
consolatrix afflictorum.

Vos, muy pura y defendida,
del reato de nuestros padres,
abogada de los pecadores,
consuelo de los afligidos.

El último verso de la Salve coincide con la caída de rodillas de todos los apóstoles, salvo San Juan que, portando la palma dorada, es el único personaje que siempre permanece de pie a lo largo de la obra. Instantes después se levanta San Pedro y, dirigiéndose a María, canta:

Oh, Déu, valeu! E que és açò
d'aquesta congregació?
Algun misteri amagat
vol Déu nos sia revelat.

¡Oh, Dios, valed! ¿Y qué es esto
de esta congregación?
Algún misterio ocultado
quiere Dios que nos sea revelado.

Vuelve a arrodillarse San Pedro. María Salomé, María Jacobe y los ángeles del cortejo mariano abandonan sus asientos y se colocan en la cabecera del lecho virginal. El niño que interpreta el papel de la Virgen María recoge un cirio encendido en sus manos. Es el preludio de su muerte. Con voz entrecortada y triste recomienda a sus hijos que sepulten su cuerpo en el Valle de Josafat:

Los meus cars fills, puix sou venguts
i lo Senyor vos haja duts,
mon cos vos sia acomanat
lo soterreu en Josafat.

Caros hijos míos, pues sois venidos
y el Señor ya os ha traido,
mi cuerpo os sea encomendado
y en Josafat enterrado.

Tras las últimas notas del canto, cae la María como muerta sobre el lecho. Los apóstoles y las Marías acompañantes se acercan a ayudarla.

En realidad, todos los personajes existentes en el tablado, además de simular un intento de auxilio a la Virgen, con su actitud intentan esconder a la vista del público una interesante parte de la tramoya del drama sacro que tiene lugar en estos momentos. El cantor que figuraba ser la Madre de Cristo, después de desplomarse, es hecho desaparecer en el interior del cadafal mediante un escotillón situado bajo el mismo lecho. A continuación, asciende hasta la superficie de la citada cama una pequeña plataforma con la imagen de la Virgen de la Asunción, patrona de Elche, en actitud yacente. De esta manera queda incorporada a la escena la figura de María venerada en la Basílica ilicitana. Presenta el rostro cubierto con una mascarilla, en la que los ojos aparecen cerrados con el fin de representar su muerte con mayor fidelidad.

Ante el cuerpo de la Madre de Dios recostado sobre el lecho, los apóstoles, que portan velas encendidas en sus manos, entonan un bello cántico fúnebre en el que expresan la esperanza de la futura resurrección:

Oh, cos sant glorificat
de la Verge santa i pura,
hui seràs tu sepultat
i reinaràs en l'altura.

Oh, cuerpo santo glorificado
de la Virgen santa y pura,
hoy serás tú sepultado
y reinarás en la altura.

Concluido el canto emocionado de los apóstoles, se abren de nuevo las puertas del cielo e inicia el descenso un artefacto aéreo denominado araceli o recélica. Se trata de un aparato en forma de retablo, construido en hierro y forrado totalmente de oropel. Lo componen cuatro repisas colocadas simétricamente alrededor de un hueco central. En las plataformas superiores aparecen arrodillados dos ángeles-hombres que tañen una guitarra y un arpa, respectivamente. Las repisas inferiores las ocupan dos ángeles-niños con sendas guitarras de pequeño tamaño. El hueco central está destinado al llamado Ángel Mayor, que aparece de pie y revestido con ornamentos sacerdotales ya que este personaje también ha de ser interpretado por un religioso. En cuanto la recélica ha traspasado las puertas del cielo, una lluvia de oropel cae sobre el escenario. El coro angélico inicia su canto comunicando a María su próxima Asunción:

Esposa e Mare de Déu
a nós, àngels, seguireu.
Seureu en cadira real
en lo regne celestial.

Esposa y Madre de Dios
a nos, ángeles, seguireis.
Sentareis en silla real
en el reino celestial.

Car, puix en Vós reposa
Aquell qui cel e món crea,
deveu haver exalçament
e corona molt excel·lent.

Puesto que en Vos reposó
Aquel que cielo y mundo creó,
debeis tener ensalzamiento
y corona muy excelente.

Apòstols e amics de Déu,
aquest cos sagrat pendreu
e portau-lo a Josafat
on vol sia sepultat (6).

Apóstoles y amigos de Dios,
tomad este cuerpo sagrado
y llevadlo a Josafat
donde quiere ser sepultado.

(6) En las representaciones actuales únicamente es interpretada la primera cuarteta de este canto.

Al llegar el Araceli al cadafal, sin detener su canto, el Ángel Mayor recoge una pequeña imagen de la Virgen vestida con velos blancos que le ofrece uno de los niños del cortejo de María. Esta minúscula talla representa el alma de la Madre de Dios. Con ello se simboliza de forma visual la separación del alma y el cuerpo, esto es, la muerte efectiva de la Virgen. En su ascenso, los ángeles entonan las mismas estrofas que cantaron en su bajada. Y con la llegada del Araceli al cielo concluye el primer acto del Misterio (Esta bajada del Araceli queda suprimida en los Ensayos Generales con el fin de no alargar excesivamente la duración de éstos).

Únicamente resta que el rector de Santa María y los Electos y el Portaestandarte, entren al cadafal y besen los pies de la imagen difunta. De igual manera proceden las Marías, los ángeles del cortejo y los apóstoles. El último en hacerlo será San Juan, quien, además, deja sobre la figura de la Virgen, cruzada sobre su pecho, la palma dorada. Seguidamente salen los cantores hacia la ermita de San Sebastián, donde se desprenden de sus vestiduras hasta el día siguiente.

Segundo acto >>

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Segundo acto o "Festa"

El segundo acto del Misterio de Elche se inicia también después del canto de las Vísperas de la Asunción de María. Desde la ermita de San Sebastián y del mismo modo que ya indicamos al inicio del primer acto, vuelven a partir los cantores en el cortejo que los traslada a la puerta mayor de la Basílica de Santa María. Entran por el andador el rector de la iglesia y el Portaestandarte y los Electos. Besan los pies de la imagen de la Virgen, cuyo túmulo funerario se halla ahora, a la derecha del escenario, y toman asiento en sus sillones respectivos. Detrás de éstos, entran los apóstoles, que también veneran la figura de María y se sitúan a su alrededor. En este segundo acto, San Pedro ha sustituido su túnica por alba, estola y capa pluvial. Por otro lado, hemos de señalar que, durante el paso de la Vespra a la Festa, se ha abierto en el centro del tablado un gran foso cuadrado rodeado por una balaustrada, que figura la sepultura preparada para recibir el cuerpo de la Madre de Cristo. Por su parte, María Salomé, María Jacobe y los ángeles del cortejo de la Virgen se detienen al principio del andador, junto a la puerta mayor del templo. Tres de los apóstoles cantan entonces una estrofa en la que deciden acercarse al lugar donde se encuentra el séquito mariano e invitarlo al sepelio de la Madre de Dios:

Par-nos, germans, devem anar
a les Maries pregar
devotament vullen venir
per a la Verge sepelir.

Parécenos, hermanos, que debemos andar
a las Marías rogar
que devotamente quieran venir
para la Virgen sepelir.

Descienden, pues, cuatro apóstoles hasta el comienzo del corredor inclinado y, dirigiéndose a las Marías y ángeles, entonan la siguiente invitación:

A vosaltres venim pregar
que ensems anem a soterrar
la Mare de Déu gloriós,
puix tant de bé ha fet per nós.

A vosotras venimos a rogar
que vayamos juntos a enterrar
a la Madre del glorioso Dios,
pues tanto bien ha hecho por nos.

E anem tots
ab amor i alegria,
per amor del Redemptor
e de la Verge Maria.

Y vamos todos
con amor y alegría,
por amor del Redentor
y de la Virgen María.

A estas palabras responde el cortejo:

Vosaltres siau ben vinguts,
parents e amics de grans virtuts.
Promptes som per a anar
a la Verge soterrar.

Vosotros seais bienvenidos,
parientes de grandes virtudes
y amigos.
Prontas somos para andar
a la Virgen enterrar.

Después de la contestación afirmativa, ascienden todos juntos al cadafal. A su llegada, los pequeños cantores del cortejo virginal besan los pies de la imagen y se dirigen a continuación a los asientos a ellos destinados que, en este segundo acto, se hallan situados en la izquierda del escenario.

San Pedro recoge entonces la palma depositada sobre el cuerpo de la Virgen y, cantando a San Juan, le pide que la porte ante el cuerpo de María:

Preneu vós, Joan, la palma preciosa
e portau-la davant lo cos glorificat
car així ho dix la Verge gloriosa
ans que als cels se n'hagués pujat.

Tomad vos, Juan, la palma preciosa
y llevadla delante del cuerpo glorificado
pues así lo dijo la Virgen gloriosa
antes que a los cielos se hubiese marchado.

San Juan, reconociendo el poder de Pedro, poder legado por el propio Cristo, acepta el encargado:

De grat prenderé la palma preciosa
a compliré lo que haveu manat,
puix que haveu potestat copiosa
de condemnar e delir tot pecat.

De grado tomaré la palma preciosa
y cumpliré lo que me habeis mandado
puesto que tenéis potestad copiosa
de condenar y borrar todo pecado.

Como en el primer acto, el paso de la palma dorada se realiza siguiendo el ceremonial de besarla y posarla ligeramente sobre la frente, tanto en el momento de darla como en el de recibirla. Después se arrodillan todos los discípulos alrededor del túmulo de María e inician un canto laudatorio como preparación de su entierro:

Flor de virginal bellesa,
temple d'humilitat,
on la Santa Trinitat
fon enclosa e contesa.

Flor de virginal belleza,
templo de humildad,
donde la Santa Trinidad
fue contenida y presa.

Pregam-vos, cos molt sagrat,
que de nostra parentat
vos acord tota vegada
quan sereu als cels pujada.

Os rogamos, muy sagrado cuerpo,
que de nuestro parentesco
os acordéis en todo tiempo
cuando seáis subida al cielo.

Concluido el canto, se levantan todos y comienzan a entonar el salmo 114, In exitu Israel d'Egipto, propio de la liturgia de exequias. Sin embargo, atraído por los cánticos, ha hecho su aparición en la puerta mayor de la iglesia un numeroso grupo de judíos dirigido por el Gran Rabino que destaca a su cabeza. Mientras la mayoría se detienen en el lugar indicado -al inicio del andador-, dos de estos judíos comienzan a subir por el corredor con la intención de observar el origen de la música. Ambos hebreos parecen dialogar entre sí y extrañarse de tan singulares cantos. Hacen gestos que indican asombro. De pronto, uno de los dos se acerca al cadafal y descubre al grupo de apóstoles cantando alrededor de la Virgen. Rápidamente llama a su compañero y entre los dos comprueban el hallazgo. En una pequeña carrera por el andador se dirigen al grueso de los infieles y explican, también con gestos, todo cuanto acaban de ver. Los judíos se alteran, comentan entre sí y deciden asaltar al grupo de discípulos de Cristo, para robar el cuerpo de María y destruirlo después. De esta manera quieren evitar que los apóstoles, al igual que hicieron con Jesús, digan, después de enterrar a la Virgen, que ha resucitado. En un momento determinado, el canto del salmo apostólico es interrumpido por la voz airada del Gran Rabino, secundada por el resto de los judíos que manifiestan sus intenciones hostiles mientras van subiendo por el andador de manera amenazante:

Aquesta gran novetat
nos procura deshonor;
anem tots a pas cuitat,
no comportem tal error.

Esta gran novedad
nos procura deshonor;
vamos todos con celeridad,
no permitamos tal error.

No és nostra voluntat
que esta dona soterreu,
ans de tota pietat
vos manam que ens la deixeu.

No es nuestra voluntad
que esta mujer enterréis,
antes, con toda piedad,
os mandamos que nos la dejéis.

E si açò no fareu,
nosaltres cert vos direm
que us manam en quant podem,
per Adonai que ens la deixeu.

Y si eso no hacéis,
nosotros cierto os diremos
que os mandamos en cuanto podemos,
por Adonay que nos la dejéis.

Los apóstoles, sorprendidos, se arremolinan alrededor del túmulo de la Madre de Dios mientras intentan ver qué ocurre en el exterior del tablado. Los judíos que sirvieron de exploradores, se destacan del resto y suben en primer término. Los discípulos se dan cuenta de las intenciones de éstos y deciden salir para detenerlos. Descienden primero San Juan y San Pedro. El apóstol amado, enarbolando la palma, intenta parar al judío que se le acerca. San Pedro obra de igual manera. Se empujan y simulan una lucha cuerpo a cuerpo, mientras el resto de discípulos se coloca delante del féretro para evitar que éste sea profanado. Sin embargo, el elevado número de hebreos que pugna por subir hace retroceder a los apóstoles hacia el cadafal mientras continúan los cantos. A pesar de la intensa oposición de los seguidores de Cristo, el primero de los judíos logra llegar, finalmente, al escenario, romper la barrera y acercarse al féretro de María. Cuando se dispone a coger el cuerpo de la Virgen, queda paralizado y con las manos engarfiadas. Sus compañeros, a medida que van llegando al tablado y presencian el hecho milagroso, caen de rodillas arrepentidos de su acción. Entonan entonces un canto en el que suplican ayuda:

Oh, Déu Adonai
qui formis natura,
ajuda'ns Sabdai
saviesa pura!

¡Oh, Dios Adonay
que formas natura,
ayúdanos, Sabday,
sapiencia pura!

Som nós penedits
de tot nostre cor.
Pregam-te, Senyor,
no vulles guarir.

Estamos arrepentidos
con todo nuestro corazón.
Te rogamos, Señor.
que nos quieras curar.

Tal miracle mai
no féu creatura.
Ajudan'ns, sant Pere,
qui tens la procura!

Tal milagro jamás
hizo criatura.
¡Ayúdanos, San Pedro,
que tienes la procura!

Los discípulos de Jesús, reconociendo la sinceridad del arrepentimiento de los judíos, les piden, para poderles perdonar, que manifiesten su fe en la virginidad de María:

Prohomens jueus. si tots creeu
que la Mare del Fill de Déu
tostemps fon verge, sens dubtar,
ans e aprés d'infantar.

Prohombres judíos. si todos creeis
que la Madre del Hijo de Dios
fue virgen todo tiempo, sin dudar,
antes y después de alumbrar.

Pura fon e sens pecat
la Mare de Déu glorificat,
advocada dels pecadors.
creent açò guarireu tots.

Pura fue sin pecado
la Madre de Dios glorificado,
abogada de los pecadores,
creyendo esto todos sereis sanados.

Los judíos, que siguen arrodillados y sin poder moverse, solicitan la ayuda de los apóstoles a quienes imploran el bautismo, manifestando su firme creencia en que María es la Madre de Dios:

Nosaltres tots creem
que és la Mare del Fill de Déu.
Batejau-nos tots en breu.
que en tal fe viure volem.

Todos nosotros creemos
que es la Madre del Hijo de Dios.
Bautizadnos en breve a todos.
que en tal fe vivir queremos.

San Pedro bautiza a los infieles tocándoles sus cabezas con la palma dorada. En esos momentos quedan milagrosamente curados y aquel judío que quedó con las manos engarfiadas junto al féretro, consigue moverlas, cayendo inmediatamente de rodillas. La alegría de los hebreos se transforma en canto:

Cantem, senyors!
Que cantarem?
Ab clamors, façam gracies i llaors
a la humil Mare de Déu.

¡Cantemos. señores!
¿Qué cantaremos ?
Con clamores, demos gracias, y loores
a la humilde Madre de Dios.

A ella devem servir
tot lo temps de nostra vida,
puix sa bondat infinida
nos vullgué així guarir.

A ella debemos servir
todo el tiempo de nuestra vida,
pues su bondad infinita
nos quiso curar así.

Doncs cantem tots,
tots la lloem!
Ab clamors, façam gràcies i llaors
a la humil Mare de Déu.

¡Así, pues, cantemos todos,
todos loémosla!
Con clamores, demos gracias y loores
a la humilde Madre de Dios.

Curados los infieles de su dolencia, se levantan en pie moviendo las manos para mostrar su curación. Y todos juntos, apóstoles y judíos, se disponen a realizar el entierro de María. En esta escena se desarrolla una pequeña procesión alrededor del cadafal. Y a pesar de la estrechez del escenario, el movimiento solemne del desfile se inicia con la cruz alzada, portada por uno de los judíos. Le siguen grupos de apóstoles y hebreos. Tras ellos, precedida del incensario, la yacija procesional con el cuerpo de la Virgen que es llevada, bajo palio, por los propios cantores. Cierran el sepelio San Pedro que actúa como preste y las dos Marías y los ángeles del cortejo. El entierro realiza una vuelta completa al escenario durante la cual se entona de nuevo el salmo 114:

In exitu Israel d'Egipto
Domus ]acob de populo barbaro,
Facta est Judea sanctificatio eius,
Israel potestas eius.

Al salir Israel de Egipto,
la casa de Jacob de un pueblo extranjero,
hizo de Judá su santuario,
de Israel, su imperio.

Mare vidit, et fugit:
Jordanis conversus est retrorsum.
Montes exsultaverunt ut arietes:
et colles sicut agni ovium.

Lo vio el mar y huyó:
el Jordán retrocedió.
Dieron saltos los montes como carneros:
y los collados como corderos.

Concluida la vuelta al cadafal, la yacija con la figura de la Virgen es devuelta a su lugar primitivo y entonan todos los personajes un hermoso canto de veneración:

Ans d'entrar en sepultura
aquest cos glorificat
de la Verge santa i pura,
adorem-lo de bon grat.

Antes que entre en sepultura
este cuerpo glorificado
de la Virgen santa y pura,
adorémosle de buen grado.

Contemplant la tal figura,
ab contricció i dolor,
de la Verge santa i pura
en servei del Creador.

Contemplando tal figura
con contricción y dolor,
de la Virgen santa y pura
en servicio del Creador.

Respectant la tal figura,
ser de tanta majestat,
de la Verge santa i pura,
adorem-lo de bon grat.

Respetando la tal figura,
ser de tanta majestad,
de la Virgen santa y pura,
adorémosle de buen grado.

Seguidamente, la imagen de la Virgen es recogida de la yacija procesional y, en brazos de los apóstoles, instalada ante su sepultura simulada, como hemos señalado, en el centro del escenario. La figura es colocada sobre un lienzo bellamente bordado y su cabeza, recostada sobre almohadas, se apoya en la barandilla del sepulcro. San Pedro, arrodillado ante ella, la inciensa tres veces siguiendo el ritual de exequias (Esta incensación se suprime en los Ensayos Generales). Los apóstoles y judíos, de pie, entonan una vez más el salmo In exitu Israel d'Egipto. Acabado el ceremonial es bajado el cuerpo de María, mediante el lienzo mencionado, al interior del sepulcro. Y en ese preciso momento suena el órgano para anunciar que las puertas del cielo se han abierto y ha comenzado a descender el araceli. Como en la Vespra, cuatro ángeles tocan guitarras y arpa y el Ángel Mayor porta el alma de la Virgen en sus manos. El bello canto del coro angélico llena la iglesia con la promesa de la resurrección:

Llevantau's, Reina excel·lent,
Mare de Déu omnipotent.
Veniu, sereu coronada
en la celestial morada.

Levantaos, Reina excelente,
Madre de Dios omnipotente.
Venid, sereis coronada
en la celestial morada.

Alegrau's que hui veureu
de qui sou Esposa e Mare
e també veureu lo Pare
del car Fill i etern Déu.

Alegraos, que hoy vereis
de quien sois Esposa y Madre
y también vereis al Padre
del caro Hijo y eterno Dios.

Allí estareu sens tristor
on pregareu per lo pecador
e reinareu eternament,
contemplant Déu onmipotent. (9)

Allí estareis sin tristeza
donde rogareis por el pecador
y reinareis eternamente
contemplando a Dios omnipotente.

(9) En las representaciones actuales únicamente es interpretada la primera cuarteta de este canto.

En cuanto el araceli llega al cadafal, penetra en su interior a través del orificio o escotillón central, el mismo que sirvió para sepultar el cuerpo de María. Es más, justamente debajo de dicho escotillón existe un foso excavado en la propia iglesia, para que el aparato aéreo pueda entrar totalmente en el escenario. Este foso se halla el resto del año cubierto con unas tablas y puede apreciarse a la entrada del presbiterio de Santa María. Una vez el araceli se halla escondido de la vista del público, se procede a sustituir al Ángel Mayor del artefacto celeste por la imagen de la Virgen. Ésta, cuidada y adornada por sus camareras, es sujetada al aparato. Tras ello comienza la recélica a subir hacia el cielo. La imagen de María, ya sin la mascarilla mortuoria que simulaba su muerte, aparece resucitada. De esta manera plástica, con la unión del ánima que baja desde el cielo al cuerpo que había sido enterrado en la tierra, se refleja perfectamente la Asunción de la Madre de Cristo.

El ascenso del araceli, con sus ángeles entonando el mismo cántico que en la bajada, se detiene en la mitad de su recorrido quedando suspendido entre el cielo y el cadafal. En ese instante regresan a la iglesia los dos Electos que, momentos antes, habían salido a buscar al apóstol que faltaba por venir, Santo Tomás. Éste, que según la tradición se hallaba predicando en la India realiza gestos de extrañeza pues, como sus compañeros de apostolado, no comprende el motivo de tan largo y misterioso viaje. De pronto, después de avanzar unos metros por el corredor central, descubre a los apóstoles y judíos alrededor de la sepultura y comprende inmediatamente que ésta debe ser la de María:

Oh, bé és fort desaventura
de mi trist, desaconsolat,
que no em sia ací trobat
en esta santa sepultura!

¡Oh, qué fuerte desventura
de mi triste, desconsolado,
que no me haya aquí encontrado
en esta santa sepultura!

Avanza unos pasos más y se detiene asombrando, casi asustado, al descubrir en la altura, suspensa en el aire, a la Virgen rodeada de ángeles. Es en ese momento cuando se dirige a su Madre para pedirle perdón por su tardanza:

Prec-vos, Verge excel·lent,
Mare de Déu omnipotent.
Vós m'hajau per excusat
que les Índies m'han ocupat.

Ruégoos, Virgen excelente,
Madre de Dios omnipotente.
Vos me deis por excusado
que las Indias me han ocupado.

Santo Tomás cae de rodillas al acabar su emocionado canto. El cielo vuelve a abrir sus puertas y con una música suave del órgano comienza a bajar la coronación un pequeño artefacto aéreo de estructura similar al araceli, pero de dimensiones más reducidas. Está formado por una especie de trono central ocupado por el Padre Eterno y a sus dos lados, arrodillados sobre repisas dos niños que figuran las otras dos personas de la Santísima Trinidad. Dios Padre es el tercero de los personajes del Misterio que ha de ser representado por un sacerdote. Lentamente, la Trinidad se acerca al araceli, mientras sus ocupantes entonan el canto siguiente:

Vós siau ben arribada
a reinar eternalment,
on tantost, de continent,
per Nós sereu coronada.

Vos seais bien arribada
a reinar eternamente,
donde enseguida, inmediatamente,
por Nos sereis coronada.

Coincidiendo con el final del cántico el Padre Eterno que porta en sus manos una corona imperial dorada, la deja caer sujeta por un cordón. Poco a poco desciende los escasos metros que separan ambos aparatos. Al mismo tiempo, una lluvia de oro surgida del cielo envuelve a los personajes y, por fin, la corona se posa sobre las sienes de María (En los Ensayos Generales esta coronación es solamente simulada: se deja caer la lluvia de oropel, pero no la corona imperial).

El instante es inenarrable. La multitud que llena completamente el templo prorrumpe en aplausos y vítores. Todas las campanas de la iglesia, exteriores e interiores, son lanzadas al vuelo. Una salva de cohetes se dispara desde las terrazas de Santa María. y el órgano, abiertos todos sus registros, emprende un tutti majestuoso. Los ¡Visca la Mare de Déu! salen de las gargantas de cantores y espectadores. Este es el momento culminante de la Festa. La cumbre del Misterio. La Virgen, la patrona de Elche, ha sido coronada como Reina de todo lo creado en presencia de toda la población.

El texto más antiguo del Misterio de cuantos conocemos, fechado en 1625, indica que el canto de la Santísima Trinidad fue corregido por el Licenciado Comes, maestro de música del Palacio Real. Sin embargo, parece que la corrección, que reproducimos a continuación, no llegó a hacerse efectiva y, por tanto, esta segunda letra no se canta en la actualidad:

Veniu, Mare excel·lent,
puix que virtut vos abona,
ab esta imperial corona
reinareu eternalment.

Venid, Madre excelente,
ya que virtud os abona,
con esta imperial corona
reinareis eternamente.

Durante los instantes que dura la coronación de María, los apóstoles y judíos del cadafal descubren la emotiva escena. Comprenden que la Virgen ya no está en el sepulcro que rodean porque ha resucitado y va, coronada, camino del cielo. Por ello alzan las manos hacia la altura, se unen a la acción y reciben la copiosa lluvia de oropel que inunda el escenario y sus alrededores. Santo Tomás recorre los pasos que le quedaban para llegar al tablado. Una vez allí, saluda y abraza a San Pedro y a San Juan. Éste último deshoja la palma dorada y, bajando del escenario, se abre camino dificultosamente entre la gente. Sube a las tribunas oficiales levantadas en los laterales de la iglesia y entrega hojas de esta palma al Alcalde de la ciudad y al Presidente del Patronato del Misterio (Esta acción de repartir la palma dorada no tiene lugar en los Ensayos Generales).

Cuando la Santísima Trinidad llega a la cúpula, comienza su ascenso el araceli. Los aplausos se suceden sin cesar. El órgano llena con sus sones el recinto de la Basílica. y como punto final, cuando el araceli está a punto de penetrar en el cielo, los apóstoles y judíos entonan una Gloria Patri de acción de gracias:

Gloria Patri et Filio
et Spiritui Sancto.
Sicut erat in principio
et nunc et semper
et in saecula saeculorum.
Amen.

Gloria al Padre y al Hijo
y al Espíritu Santo.
Como era en un principio
y ahora y siempre
y por los siglos de los siglos.
Amén.

El araceli, con la imagen de la Virgen, es despedido con fuertes aplausos. Los cantores salen entonces en dos filas dirigiéndose a la ermita de San Sebastián. Cierran el cortejo San Juan, San Jaime y San Pedro seguidos del rector y el Portaestandarte y los Electos. El Misterio de Elche, la Festa d'Elx, ha concluido.

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