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en el siglo V o principios del VI -antes en
Oriente que en Occidente- cuando se esbozó,
poco a poco, una festividad litúrgica
para conmemorar el acontecimiento de la Asunción
de la Virgen a los cielos. En un principio,
se limitaba a desglosar otra celebración,
ya tradicional, consagrada al misterio de la
Maternidad Divina, que incluía los distintos
aspectos que se referían a la Virgen
María. La nueva festividad tardó
tiempo en encontrar la uniformidad dentro del
conjunto de la Iglesia, tanto en la fijación
del nombre y de la fecha, como en la elección
de los textos bíblicos y formularios
litúrgicos que señalaban su contenido.
Los documentos litúrgicos más
antiguos que se relacionan con lo que designamos
mediante el término Asunción preferían
usar otros nombres: Dormición, Reposo,
Tránsito, Migración, Deposición,
Pausa, Nacimiento (al cielo o al paraíso)...
de la Madre de Dios o de Santa María.
Con esta serie de nombres, las diversas liturgias
manifestaban la creencia de que la Virgen María
no habría acabado sus días en
el mundo terrenal de la misma manera que los
finaliza el resto de la humanidad: la Madre
de Jesucristo no habría sido víctima
de las consecuencias de la muerte corporal.
Pero más que remarcar la posible recuperación
de la vida de María, los textos litúrgicos
primitivos insisten en el hecho de que la Madre
de Dios, incorrupta, habría sido subida
al cielo atraída por su propio Hijo.
No, por tanto, por sus propias fuerzas, sino
en virtud de otro, de Dios. De una forma diversa
de lo que significa la Resurrección y
la Ascensión de Jesucristo, el cual habría
recobrado la vida de su cuerpo y subido al cielo
por Él mismo. Por decreto del emperador
bizantino Mauricio (602), la festividad
de la Asunción recibió una fecha
definitiva, que además coincide en las
iglesias oriental y occidental: el 15 de agosto.
La difusión de los apócrifos sobre
la Asunción de María coincide
con la tendencia pastoral de completar, en las
grandes festividades del año, la severa
liturgia con la pedagogía y participación
popular, a través del gesto y de la imagen.
En el proceso que lleva a considerar la festividad
de la Asunción la primera fiesta mariana,
se detecta una preocupación creciente
por compararla con la primera fiesta cristiana,
la Pascua de Jesucristo. Así, como la
liturgia pascual venía enriquecida, ya
de antiguo, con una vigilia durante la cual
el gesto y la imagen se convertían en
elementos fundamentales, la festividad de la
Asunción había de seguir el mismo
camino. Durante el pontificado de Sergio I (687-701)
la fiesta litúrgica de la Asunción
en Roma era precedida de una espectacular procesión.
Se trataba de una verdadera manifestación
religiosa que recorría, durante la tarde,
la noche y hasta la madrugada del día
15 de agosto, diversas calles de la ciudad.
Partía de Letrán, la basílica
más importante y lugar de residencia
del Papa y acababa en Santa María la
Mayor, la principal iglesia consagrada al culto
de la Madre de Dios. La procesión era
presidida por el cuadro axeporita (no
diseñado, según la tradición,
por mano humana) del Salvador, el más
venerado de Roma, rodeado por doce personalidades
ciudadanas y por doce sacerdotes (la alusión
a los apóstoles era evidente). El paso
del cuadro era aclamado por la gente. Al llegar
a Santa María la Mayor el cuadro era
incensado por el Papa. Seguidamente se colocaba
sobre el altar consagrado a la memoria de la
Virgen con grandes aclamaciones populares.
En los siglos XII y XIII, diversos documentos
nos testifican no solamente la extendida devoción
popular por la Asunción, sino también
el lugar remarcable que la festividad ocupa
en los Pontificales, Breviarios, Himnarios,
Homiliarios, etc. En todo el proceso de difusión
del culto popular al misterio de la Asunción
jugaron un papel muy importante los canónigos
regulares de San Rufo de Aviñón
(Occitania), los cuales se establecieron, sobre
todo, en la parte occidental y al sur de Cataluña.
Muy concretamente, en Tortosa y en el área
de la correspondiente demarcación eclesiástica
que llegó hasta Valencia. Hay que destacar
que la catedral de Tortosa, reedificada en el
siglo XII, además de estar consagrada
a la Virgen, se convierte en lugar de peregrinaje
por el hecho de custodiar la supuesta "cinta"
o cinturón de la Madre de Dios que, según
algunos apócrifos, ésta lanzó
a Santo Tomás apóstol en el momento
en que subía al cielo. También
en estos siglos se van multiplicando las imágenes,
las pinturas y los santuarios dedicados a la
Asunción de María por todo nuestro
territorio.
En la Edad Media proliferan las fiestas asuncionistas
con procesiones solemnes y exposición
de imágenes de la Virgen en su Tránsito,
como han puesto de manifiesto los estudios de
Josep Romeu, Francesc Massip, Ramon Miró
o Pep Vila. En algunos casos, tales muestras
dieron lugar a escenificaciones más complejas,
como el drama litúrgico de Santa Maria
de l'Estany o las celebraciones de Lérida,
Palma de Mallorca, Barcelona, Tarragona, Valencia
o Elche
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En el siglo XX llegó a su etapa final
la definición dogmática de la
asunción de María en la vida de
la Iglesia. El 1 de noviembre de 1950, después
de haber recogido durante años el sentir
de los fieles y la opinión de sus obispos,
el Papa Pío XII manifestó en la
constitución apostólica Munificentissimus
Deus, "en virtud de la autoridad de
nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados
apóstoles Pedro y Pablo y nuestra, proclamamos,
declaramos y definimos que es dogma divinamente
revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre
Virgen María, cumplido el curso de su
vida terrestre, fue asunta en cuerpo y alma
a la gloria celestial."
En este largo recorrido histórico se
inserta de una manera particular el Misterio
de Elche, celebración festiva, manifestación
de fe, catequesis dramatizada, muestra de la
inculturación profunda de la fe cristiana
en la vida, historia y costumbres de un pueblo
a lo largo de los siglos y generaciones.
María asunta en cuerpo y alma a los cielos,
como la vemos en el Misterio, es imagen activa
y anticipo de la Iglesia en su estado escatológico,
a la vez que motivo de esperanza para los creyentes.
La Iglesia contempla a María, asunta
al cielo, según el Concilio Vaticano
II, "como una purísima imagen de
lo que ella misma, toda entera, ansía
y espera ser". La fe en la Asunción
de María hace a los creyentes reafirmar
su fe en su futura resurrección y considerar
toda la realidad temporal desde esta perspectiva.
En el Misterio de Elche se invita a contemplar
a María en su Asunción al cielo
y en su actitud materna e intercesora. El Misterio
realiza, de una manera activa y plástica,
una auténtica catequesis sobre la Asunción
de María, exponiendo el contenido de
la fe, su justificación y su sentido.
Todo el Misterio está al servicio de
la fe en la Asunción, invitando a quien
lo contempla a adentrarse en el misterio de
Dios, que glorifica a María. Así,
año tras año, el Misterio actualiza
y mantiene viva una fe y una teología
que se remonta a los primeros años del
cristianismo.
La presencia del mundo litúrgico en el
Misterio queda patente en multitud de detalles.
La participación obligada de sacerdotes
en los papeles de carácter más
sagrado: San Pedro, que preside el entierro
de María, el Ángel Mayor del Araceli,
que porta en sus manos el alma de la Virgen,
y el Padre Eterno, que representa al propio
Dios. El uso de vestiduras y objetos propios
del culto, como la cruz alzada, el palio y el
incensario usados en el sepelio de María
o el alba, estola y capa pluvial con que se
reviste San Pedro durante todo el segundo acto
de la obra. La ejecución de signos cultuales
como el bautismo de los judíos, la presencia
de cirios encendidos en el momento de la muerte
de la Virgen, etc., Además, el origen
litúrgico también se manifiesta
en la ausencia de la mujer en la escena: los
papeles femeninos -la Virgen María y
sus dos compañeras, María Salomé
y María Jacobea-, son interpretados,
según a la tradición medieval,
por niños. Los estudios realizados sobre
aspectos litúrgicos en la Festa
por Enrique A. Llobregat y Manuel Rodríguez,
ponen de manifiesto la gran relación
del Misterio con el culto cristiano en signos
y en gestos, como por ejemplo, las reverencias
que hacen los apóstoles en la Salve ante
María, que se han identificado con los
usados por algunas comunidades monacales. Para
estos estudiosos, el primer acto del Misterio
o "Vespra", puede vincularse al oficio
de completas, mientras que el segundo, se relaciona
con el de exequias.
La devoción popular hacia la patrona
de la ciudad se manifiesta también en
diversos detalles: la numerosa asistencia a
las celebraciones, la abundante participación
en actos como la Roà o las misas
que, desde las cuatro de la madrugada del día
15 de agosto, se celebran en el mismo cadafal
de Santa María. También en el
interés manifiesto de recoger fragmentos
de oropel caídos del cielo de Santa María
o alguna de la hojas de la palma dorada que
baja el ángel de la Granada, objetos
de devoción que son guardados como verdaderas
reliquias y que, en ocasiones, pasan de padres
a hijos.
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