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El
Misterio de Elche es, sobre todo, la fiesta
comunitaria más importante de la ciudad,
la Festa por antonomasia. Así
lo han sentido generaciones y generaciones de
ilicitanos y así se mantiene.
El Misterio de Elche es la única muestra
viva que nos ha quedado de las grandes celebraciones
asuncionistas, de las festividades dedicadas
a la Virgen de agosto que desde la Edad Media
y, sobre todo, a partir del siglo XV, se extendieron
por las tierras de la antigua Corona de Aragón.
Una fiesta que en una sociedad agraria, como
era Elche hasta finales del siglo XIX y principios
del XX, se desarrolla alrededor del 15 de agosto,
una vez terminada la cosecha de cereales -uno
de los principales cultivos de estas tierras-
y antes de iniciar la vendimia otoñal.
Es decir, en un periodo del año de relativo
descanso entre dos tareas agrícolas importantes
y donde se da gracias a la Madre de Dios por
la ayuda recibida y por la buena cosecha.
La participación en la festividad de
un público numeroso, tanto de la ciudad
y campo de Elche, como foráneo, especialmente
de las poblaciones cercanas de los antiguos
reinos de Valencia y Murcia, queda probada desde
los primeros documentos conservados en los archivos
locales. Por ejemplo, en 1573 el Consejo ilicitano,
en un intento de incrementar los atractivos
del Misterio, envió a Roma una solicitud
para que concediera un jubileo en la celebración
de la Asunción y toda su octava, para
los fieles que visitaran el altar mayor de la
iglesia de Santa María y la capilla de
la Virgen de la Asunción en la ermita
de San Sebastián.
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En el mismo siglo XVI se establecieron algunas
sisas municipales como ayuda a la organización
de la festividad y la afluencia masiva de visitantes
atraídos por las maravillas de la celebración,
dio lugar a regulación municipal, tanto
de tipo comercial, como urbanístico. Para
el abastecimiento de vituallas durante los días
de la fiesta, a partir de 1598 se declaró
libre la venta, cosa que, con el paso del tiempo,
dio lugar a una feria local situada muy cerca
de Santa María, concretamente en la calle
que todavía conserva el nombre de la Fira.
Los cambios urbanísticos tuvieron lugar
al ensanchar la plaza Mayor de la villa, ya que
uno de los motivos que se argumentaron para realizarlos
era la gran presencia de forasteros que se reunían
en aquella plaza para asistir a los actos cívicos
organizados por el Consejo con motivo de la festividad
de agosto, como corridas de toros y similares.
En esta misma plaza se levantaba un tablado para
la asistencia de las autoridades y sus frecuentes
invitados, que eran obsequiados con confituras,
dulces y agua de nieve, traída de los pozos
de la montaña alcoyana.
Como resume un documento de 1663 referido a las
mejoras que los ilicitanos querían realizar
en el retablo del altar mayor de Santa María,
éstas debían hacerse por "causa
y razón de las fiestas de Nuestra Señora
de la Asunción que ocasiona venir mucha
gente forastera y parece mal esté una cosa
tan vieja y antigua". La preocupación
del pueblo de Elche ante los numerosos visitantes
que venían y vienen a compartir la Festa
es una constante a lo largo de los siglos.
La celebración está formada por
un ciclo de diferentes actos relacionados con
la Asunción, entre los que destaca, naturalmente,
la representación del Misterio, pero
que todos juntos e inseparables forman la Festa
de Elche. En los primeros días de agosto
tiene lugar algunos actos preparatorios como
la Prueba de Voces en donde se escogen -ahora
simbólicamente- las voces infantiles
de la obra o la Prueba del Ángel en la
que se comprueba el buen funcionamiento de la
tramoya aérea y la serenidad de los pequeños
cantores, especialmente de aquellos que intervienen
por vez primera. La festividad tradicional se
inicia en la noche del 13 de agosto, con la
llamada Nit de l'Albà. Se trata
de un acto comunitario que pone en marcha la
celebración al congregar en las azoteas
de las casas de la ciudad a todos los ilicitanos
que durante una hora lanzan constantemente cohetes
y fuegos artificiales, en una ofrenda de luz
y sonido a su patrona. A las doce en punto,
desde el campanario de Santa María, una
gran palmera de fuegos artificiales hace, como
señalan los documentos del siglo XVII,
que la noche se haga día por unos instantes.
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Entre las dos jornadas tradicionales del Misterio,
es decir, en la noche y madrugada que va del
14 al 15 de agosto, se desarrolla otro acto
popular y festivo: la Roà. Miles
de ilicitanos recorren con un cirio encendido
las calles de la ciudad por las que, a la mañana
siguiente, pasará la procesión
de la Virgen. Y, acabada la fiesta, entre el
16 y el 22 de agosto, se desarrolla, como en
toda celebración religiosa destacada,
su octava. Ante la imagen de la Virgen, de nuevo
yacente, se celebran las Salves de la Madre
de Dios, con una predicación solemne
y el canto de unos gozos asuncionistas, posiblemente
del siglo XVII.
Muy numerosos son los documentos que hacen referencia
al ambiente festivo vivido en el Misterio. Ya
la respuesta episcopal al rescripto pontificio
de 1632, menciona la intención del obispo
de Orihuela de poner orden entre los fieles
para evitar desmanes y actos que fueran contra
la sacralidad del templo, pues, a veces, se
comportaban como si estuvieran en una fiesta
profana. Un acta municipal de 1871 nos informa
de la presencia numerosa de visitantes en la
ciudad, que usaban los huertos propiedad de
la Virgen de la Asunción, donde "pernoctan,
construyendo al efecto tiendas de campaña
en las que guisan sus alimentos y hacen todo
lo necesario para poder permanecer en esta ciudad
los tres días en que se celebran dichas
fiestas, pues de otro modo no podría
dárseles albergue en la población
durante las dichas fiestas, por la escasez de
habitaciones para ellos." De este mismo
ambiente festivo que impregnaba la celebración
y que se trasladaba al interior de Santa María,
se asombran cuantos estudiosos se acercaron
a Elche a partir de finales del siglo XIX, como
Javier Fuentes y Ponte, Felipe Pedrell o Teodoro
Llorente.
La Festa está presente todo el
año en la mente de los ilicitanos. Hasta
hace pocos años, eran frecuentes los
juegos infantiles inspirados en la representación,
con el uso de reproducciones de los aparatos
aéreos, especialmente la Granada, que
todavía pueden adquirirse en los alrededores
de la Basílica. Refranes y frases hechas
contenían referencias al Misterio o a
sus principales elementos. No sólo usadas
en la ciudad, sino incluso recogidas en poblaciones
cercanas como prueba de la impresión
que la Festa causaba en sus visitantes.
Y también algunas composiciones literarias
populares, los famosos romances de "cordel
y caña", se inspiraron en el Misterio.
Se han conservado dos ejemplos. El primero recoge
un milagro de la Virgen de la Asunción
sobre un espectador que el 15 de agosto de 1727,
al tiempo que presenciaba la Festa desde
una cornisa interior de Santa María,
cayó al vacío y golpeó
en su caída a otros dos espectadores,
resultando los tres maltrechos. Trasladados
al hospital de caridad sin esperanza de recuperación,
a los pocos días quedaban sanados de
sus heridas. El segundo se refiere a un hecho
acontecido el 15 de agosto de 1840: la caída
de la tribuna del Ayuntamiento de la ciudad
en plena representación, sin que se produjeran
heridos de consideración. Este hecho
también fue tenido como ejemplo de la
milagrosa protección que la Virgen de
la Asunción ejerce sobre quienes viven
su Misterio y que se ha perpetuado en el dicho
popular de "Quien sale (o trabaja) en la
Festa, no muere de accidente".
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